CIAC Perú

Las ambigüedades ante el genocidio

Atentado contra el ómnibus que trasladaba al Batallón Húsares de Junín hacia Palacio de Gobierno. Murieron seis efectivos e hirieron a veinticinco. (FOTO: LUM)
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La muerte de Abimael Guzmán ha generado diversos comentarios, tales como, “bien muerto está”, o “al fin murió”. El genocida estaría muy agradecido –desde el más allá– por recordarlo tanto aún, inclusive, cuando yace muerto. Y esto porque a los que tienen delirio político les interesa mucho que hablen de ellos, independientemente si los comentarios sean buenos o malos, lo que importa es, a fin de cuentas, la vigencia. Contribuyen con eso quienes expresan sus comentarios sobre Guzmán cuando, en cambio, lo que nos corresponde es recordar a los miles de campesinos, autoridades, ancianos, mujeres, niños, policías y miembros de las FF.AA que fueron asesinados por las hordas de senderistas lideradas por el genocida Abimael Guzmán.

La muerte no tiene color ni ideología. Ninguna muerte debería ser materia de regocijo. Ese sentido de humanidad es lo que nos diferencia justamente de los terroristas y asesinos como Guzmán y sus seguidores.

Por ello, lo que nos corresponde ahora es pensar sinceramente en las causas del desarrollo senderista que jaqueó al Estado durante 12 años. Solo así aprenderemos la lección para que no se repita el doloroso y trágico episodio que vivimos en la década de los 80. Esa es la historia para no olvidar.

No olvidar, por ejemplo, las consecuencias de abandonar a millones de peruanos que vivían en una precariedad social y económica, caracterizada por la pobreza y la pobreza extrema. No olvidar, tampoco, que el contexto nacional en el que irrumpió Sendero Luminoso se caracterizaba por un país con un desarrollo centralista y limeño y con un Estado que no fue capaz de saldar cuentas con el atraso agrario, profundizando así la desigualdad social.

No olvidar que la década del 80 fue un periodo perdido en términos económicos y sociales, lo que alentó el desarrollo de Sendero Luminoso, pues captaban rápidamente a jóvenes marginados. Y no olvidar, por último, que las contradicciones sociales se exacerbaron como consecuencia del desfase entre Lima y provincias y, en general, entre la costa y la sierra.

Hoy, como peruanos, aspiramos a que esos desfases se disipen, ya que eso es lo único que nos garantiza que en nuestro país no surjan más senderos luminosos, ni genocidas como Abimael Guzmán.

Por otro lado, todavía tenemos en nuestra sociedad, sectores que se caracterizan por la ambigüedad frente a hechos en los que no debiéramos ser tolerantes como, por ejemplo, con la corrupción o con el mismo genocidio de Guzmán. Quienes ahora dicen «bien muerto está», callaron cuando Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos se carteaban con el propio genocida, cuando le flexibilizaron las restricciones carcelarias  y hasta cuando le obsequiaban su torta de cumpleaños.

Los peruanos debemos ser capaces de superar esa ambigüedad con la construcción de una cultura cívica que nos permita una ciudadanía plena, basada en el respeto al otro y en un país más inclusivo; con mayor equidad social, más solidario y desarrollado.

Hace bien el gobierno del presidente Pedro Castillo en no distraerse con la muerte de Guzmán y, más bien, esperamos que el discurso social del mandatario se materialice con la implementación de la política general del gobierno anunciada el pasado 26 de agosto y respaldada por el Presupuesto General de la República para el 2022 (el cual ya fue remitido al Congreso de la República para su aprobación).

Sobre Guzmán, quien ya fue capturado, juzgado, sentenciado por la justicia –y por la sociedad en su conjunto– y  que hace unos días, finalmente, murió como cualquier ser humano cuando llega a determinada edad con una enfermedad de por medio, lo único que corresponde ahora con sus restos, es la incineración.

Y ello porque, considerando el carácter genocida del difunto y el daño causado al país, el Estado tiene todo el derecho y, sobre todo, la legitimidad, para decidir la incineración de los restos de Abimael Guzmán. Y, bueno, finalmente que dichas cenizas sean esparcidas donde su cónyuge indique. Hagamos que aflore nuestro sentido de humanidad, esa que él y su cónyuge no tuvieron. Eso es lo que verdaderamente nos diferencia de los genocidas.

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