CIAC Perú

Comedores solidarios

(Foto: Fabiola Granda)
Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on telegram
Share on email

Eugenio Abarca vende chocolates cuando los carros se detienen en el semáforo. No es tarea fácil: tolera rechazos, intimidaciones y afronta peligros. La pandemia lo ha sumido en más problemas. Sus ventas no son las mejores. Eugenio tiene tres hijos, pero no los ve hace algún tiempo, pues ellos junto a su madre decidieron irse a Huánuco cuando en el país se decretó el Estado de Emergencia. Él se quedó en Lima con un único propósito: cuidar la posesión de una antigua casona del jirón Pizarro que data del año 1932. 

Eugenio vende al día entre once y quince chocolates, y logra obtener una modesta ganancia de hasta cinco soles. “A veces pienso que pedir limosna sería mucho mejor, pero no me animo” cuenta. Aunque resulte difícil para algunos creer cómo logra vivir Eugenio con tan poco dinero, esto es posible gracias a un comedor solidario de la Iglesia Católica. En el cruce de los jirones Pizarro y Ayabaca, en el Rímac, está ubicado el comedor Perpetuo Socorro, donde cualquier persona puede alimentarse pagando un sol. 

El padre Carlos Valderrama es quien dirige el comedor, que en tiempos de pandemia —y crisis económica— se ha vuelto en un espacio de esperanza para muchas personas que no tienen qué llevarse a la boca. Todos los días, el padre Valderrama y un grupo de mujeres voluntarias ponen manos a la obra desde las ocho del día para preparar cientos de almuerzo solidarios.

Antes de que el COVID-19 arribe al país, el comedor atendía con las puertas abiertas, sin embargo, ahora los alimentos solo son para llevar. Las colas en el comedor Perpetuo Socorro empiezan desde antes de las diez de la mañana y por eso ubicaron unas bancas largas de madera en el portón del comedor, para que los comensales puedan esperar guardando la distancia social.

Jorge Dall’Orto es carpintero y todos los días va al Perpetuo Socorro. “En el comedor popular cuesta 1.50, en cambio aquí vale solo un sol”, dice. Con el arribo de la pandemia se ha quedado sin empleo y los pocos ingresos que recauda los recibe de algunos trabajos de limpieza que realiza en la vía pública. “Muchos de los que venimos a almorzar aquí no tenemos trabajo. Con un sol puedes comprarte cinco panes, pero no te llenas, en el comedor puedes tener sopa y segundo”.

Magda Artete es una de las ocho mujeres que trabajan en el comedor. Ella cuenta que tratan de hacer almuerzos variados, pero que por lo general son preparados de acuerdo con un cronograma establecido con los encargados de la parroquia. Los almuerzos se hacen respetando los estándares de nutrición y pensando en la población vulnerable, por lo que sirven platos con bajo nivel de condimentación y grasas. Y es que un gran número de los comensales son personas de la tercera edad, que padecen problemas de salud como la diabetes, la hipertensión y, el más común de todos, la anemia.

Llegar al comedor solidario no es sencillo. Está al final de una estrecha calle sin salida rodeada de casonas abandonadas y quintas, que datan de inicios del siglo XX, y que ahora han perdido majestuosidad. “Muchos de nosotros hemos perdido el trabajo, señorita” comenta Mauro Avellaneda, quien antes de la pandemia era vendedor de zapatos. Mujeres, niños y jóvenes de nacionalidad venezolana también van a diario al comedor parroquial.

El propósito del Arzobispado de Lima fue instalar espacios que atiendan a las personas más vulnerables con almuerzos saludables y nutritivos, tomando en cuenta las medidas de prevención y protección para evitar el contagio del COVID-19. A diario, se calcula un promedio 10 mil almuerzos repartidos en todo el país. La Iglesia Católica cuenta a la fecha con 45 jurisdicciones en todo el Perú. El trabajo solidario se realiza en alianza con la red Cáritas del Perú y los comedores están abiertos de lunes a viernes.

El año pasado, bajo la campaña Un Perú sin hambre, junto a la Fundación Teletón, llegaron a recaudar 600 mil soles para financiar los comedores solidarios y brindar alimentos a familias en situación vulnerable. Eugenio, Celio y Mauro pueden alimentarse, así, saludablemente. Las acciones comunitarias llegan, sobre todo, a aquellos peruanos que han padecido más durante este periodo: madres de familia, vendedores ambulantes, desempleados y, por supuesto, población indigente. 

“Si no hubiera este comedor, mucha gente se quedaría sin comer, ya hubieran muerto de hambre”, reconoce Mauro. Los espacios de caridad no solo representan esperanza, sino también unidad. Si bien la pandemia ha cambiado absolutamente todo, las obras de carácter social hoy requieren de aún más sacrificio.

Por: Fiorella Cubas


* Lee todo el contenido de COVID-19 Trigo y Cizaña dando click aquí.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *