CIAC Perú

Elevada desigualdad y precarización en la pospandemia

(Foto: Oxfam)
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En las economías desarrolladas se está discutiendo el tipo de recuperación económica que se podría observar después que finalice la pandemia. Han acudido a diversas letras del abecedario. Los optimistas con las letras V de recuperación rápida y U de recuperación más lenta. Sin embargo, para los pesimistas, o quizás más realistas, se habla de la letra L o K; la primera que implicaría una situación de estancamiento prolongado como el planteado por Roubini que habla de una nueva década perdida y la segunda de un resurgir marcado por grandes desigualdades donde se tendrían grandes ganadores y perdedores. Entre los ganadores a los sectores vinculados al teletrabajo, software, telecomunicaciones, nuevas tecnologías incluida la inteligencia artificial, sector farmacéutico, alimentos, entre otros y una larga lista de sectores y actores perdedores. 

La caída del PBI en 2020 como resultado del COVID-19 ha reducido el producto e ingreso de todos los peruanos. Las cifras varían de una contracción entre el 12% y 13.9% del Banco Mundial y el FMI, respectivamente. El último Reporte de Inflación del BCRP plantea una caída de 12.7%, mientras que en el último Marco Macroeconómico Multianual del MEF es 12%; obviamente, los números no están cerrados. Por el momento, parece claro que aún en el mejor de los escenarios no se recuperaría la producción de 2019 hasta finales de 2022; asimismo, que esta crisis amplía las distancias entre los miembros de nuestra sociedad.

La crisis actual ha golpeado más sobre las mujeres, entre los jóvenes menores de 24 años, en contra de los menos instruidos y capacitados, de los que laboran para micro y pequeñas empresas; los que están en el sector de comercio y servicios y en los que tienen menores ingresos. Tanto el empleo como los ingresos se han contraído de manera significativa y hay retroceso en los derechos laborales. La única distancia que parece menor es entre Lima y algunas regiones del interior del país. Por otra parte, aunque sujeto a discusión, Lavado et al estima que la pobreza monetaria se incrementaría de 26.9% en 2019 a 39.9% en 2020 y habría una reducción del tamaño de la clase media.

Desafortunadamente, todo parece indicar que los fenómenos anteriores se mantendrían en el mediano y largo plazo. Estas circunstancias no solo acrecentarían el número de familias pobres y pobres extremos, sino que a la par tendríamos más precarización por informalidad y subempleo, y mayores desigualdades que erosionan nuestro tejido social. Tampoco se debe omitir los efectos de largo plazo relativos al gran número de jóvenes que abandonan la educación y capacitación en todos sus niveles y por tanto sus oportunidades de mejora se alejan. También, según la FAO, se genera inseguridad alimentaria que podría elevar la prevalencia de la anemia y de obesidad. A la desigualdad secular, se agregan las nuevas tendencias de la economía y de las últimas tecnologías; así como los impactos de la pandemia del COVID-19 que las reimpulsan. Si antes la elevada desigualdad era un problema global, ahora y mañana al parecer lo sería más.

A nivel internacional se reconoce que la elevada desigualdad tiene impactos negativos en términos económicos, sociales y políticos. En la esfera económica reduce el crecimiento económico, genera mayor inestabilidad – volatilidad y burbujas en los precios de los activos. Por el lado social afecta negativamente la cohesión promoviendo diversas formas de violencia, polarización social, e ingobernabilidad; y políticos afectando negativamente a la democracia. Todos los años OXFAM nos recuerda que la elevada desigualdad de la riqueza genera la captura política y del poder que tiende a perpetuar el diseño e implantación de las políticas a favor de los más ricos de nuestras sociedades. 

Este artículo tiene cuatro secciones y las reflexiones finales. En la primera parte se evalúa la situación de partida de la desigualdad económica tanto a nivel internacional y nacional. Se revisa qué está ocurriendo con la concentración de la riqueza, la distribución funcional o factorial del ingreso y la distribución personal del ingreso. En la segunda sección se analizan los impactos del COVID-19, anotando que esta pandemia reimpulsa las tendencias estructurales de sustituir mano de obra por capital y de las nuevas tecnologías; se analiza también lo que viene ocurriendo en el panorama laboral en Lima Metropolitana. En la tercera sección se evalúa de manera somera los impactos de las denominadas plataformas digitales, tan de moda en estos tiempos. La cuarta sección discute cómo la magnitud de muchos de estos elementos negativos puede conducir a ajustar o reformar nuestro modelo de crecimiento económico.

Si antes la elevada desigualdad era un problema global, ahora y mañana al parecer lo sería más.

Las reflexiones finales incluyen tanto las conclusiones principales como unas propuestas generales para mitigar la elevada desigualdad. Si esto era un problema serio, en el futuro lo sería más. El objetivo central de este artículo es relevar la importancia y magnitud del reto que tenemos por delante. Es imprescindible superar la irresponsabilidad y poca seriedad que están mostrando muchos de nuestros políticos y la necedad de los grupos de poder económico y mediático que soslayan el tema de esta nota. La superación de la pandemia no parece estar a la vuelta de la esquina y menos sus serios impactos para el futuro. Las fórmulas de siempre parecieran estar condenadas al fracaso. Urge mucha creatividad, inteligencia, trabajo colectivo y resolución.

No se analiza aquí cómo la desigualdad en las condiciones de vida, de salud, del sistema de salubridad e ingresos contribuyeron a explicar la gran incidencia de la pandemia en el Perú. Tampoco a discutir que estuvo bien o mal de la estrategia para hacerle frente. Las propuestas frente a la desigualdad son someras. No se discuten las políticas por el lado de los sectores productivos para acompañar los esfuerzos para reducir la elevada desigualdad y menos los elementos de una estrategia general donde quizás haya que preocuparse un poco menos de los indicadores tradicionales como el PBI.

PUNTO DE PARTIDA INTERNACIONAL Y NACIONAL

Antes de la pandemia del COVID-19 el panorama de la distribución del ingreso a nivel funcional y personal no se veía bien. La elevada desigualdad era una característica notoria de esta fase neoliberal del capitalismo a nivel global frente a su edad de oro, entre los años cincuenta y setenta del siglo XX, en que se procuró un mejor balance entre capital y trabajo. Piketty ejemplifica esta situación a través de una curva del elefante de las desigualdades mundiales que refleja lo ocurrido con los ingresos reales de los deciles de menores recursos hasta el percentil de mayor riqueza del mundo entre 1980-2018. En el gráfico 1 se observa que los mayores incrementos reales benefician al decil más rico y en particular al 1% más rico. Asimismo, se muestra una mejoría en los estratos pobres por la irrupción de los países emergentes y un menor crecimiento en los sectores populares y medios de los países ricos.

En el caso del Perú hay problemas de información cuando se pretende analizar la concentración de la riqueza, la distribución factorial o funcional que considera a las ganancias, sueldos y salarios y los ingresos mixtos (trabajadores independientes del campo y la ciudad) y la distribución personal del ingreso. En el caso de la riqueza el periodo de análisis es reciente y con base a información privada. Al respecto, en el gráfico 2 se observa una tendencia creciente, hasta valores del coeficiente Gini cercanos a 0.82, pero se reduce ligeramente en los últimos años. En cambio, la concentración de la riqueza financiera neta aumenta inicialmente para mantenerse constante en el tiempo. 

Fuente: elaboración propia con base en Credit Suisse (2010-2019) y Allianz (2015-2019).

La concentración de la riqueza neta total del Perú se ubicaría entre las economías con los coeficientes más elevados de la región, acompañando a Venezuela, Brasil y Chile; mientras que las de menor nivel de concentración son Uruguay, El Salvador, Costa Rica, Ecuador, Colombia, Panamá y Nicaragua. A un nivel intermedio se ubican Argentina, Bolivia, México y Paraguay. A nivel global los mayores niveles de concentración mundiales se localizan en la región Asia-Pacífico seguidos por África, India, América del Norte y Europa. Los más bajos, según estas fuentes, están en América Latina y China. La riqueza tiende a concentrarse más en pocas manos al igual que la tendencia en la concentración de los ingresos.

Una segunda esfera de análisis consiste en evaluar lo ocurrido con los diferentes elementos del ingreso nacional. En primer lugar, en el gráfico 3 se muestra los valores observados (línea continua) de la participación de los sueldos y salarios en el PBI entre 1950 y 2018 con una tendencia sinusoidal (línea punteada) con valores pico a inicios de la década de los 60 con una tendencia decreciente en los años 70, con una interrupción en los años 80 para volver a caer a inicios de la década de los 90 cuando se implantó una severa política de ajuste, estabilización y cambio estructural. A partir de los años 90 se observa una tendencia ligeramente creciente, pero sin arribar a los niveles de la edad de oro del capitalismo.

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